Cada viña habla diferente y se comporta de una manera distinta. Tenemos viñedos singulares, viñedos viejos donde todo se hace a mano, producciones limitadas que nos dan una uva inigualable. Llevamos años reconduciendo el cultivo a prácticas más respetuosas con el suelo y la planta, que ha culminado en ecológico.
Crear un gran vino cuesta mucho más que elaborar uno industrial.
En invierno es tiempo de poda en el viñedo. La cepa necesita frío para su descanso invernal. Este diciembre 2020 nevó ¡por fin! y también heló y eso es perfecto porque elimina mucha microfauna lesiva.
En su estado natural la vid es una liana y como buena trepadora crece sin control. Podando, controlamos este crecimiento definiendo la forma de la cepa (en vaso o en cordón) y el número de yemas y por lo tanto de racimos potenciales que esperamos obtener. Si no se podase, la vid daría uvas pequeñas y ácidas, irregularidad en el volumen y sin aptitud para elaborar vino.
Los cortes que hacemos para podar los sarmientos los sellamos con una masilla ecológica, es azul y la vista del viñedo resulta chocante lleno de motas azules. La mayoría de viticultores no lo hace pues requiere mucho tiempo y dinero pero previene infecciones de enfermedades de madera (EMV) y acelera la cicatrización. Así evitamos echar productos químicos en el crecimiento de la planta, más rápidos y baratos que acaban afectando hasta la maduración de la uva.
Ahora estamos cuidando en el campo la cosecha 2021.